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lunes, 30 de mayo de 2016

Renacer

Se me había olvidado cómo huele una rosa.

Me estaba acostumbrando a husmear en las piedras
y a respirar el hielo de un silencio marchito
mientras me alimentaba con los huesos minúsculos
de la insignificancia.

Se me había olvidado la luz de los deseos,
el latido del sol,
sentir bajo los pies la tierra de septiembre
y agarrarme al impulso que ofrece la ternura.

No supe despedirme de la herida,
dejé que se infectara en el desierto
esperando curarla con ungüentos ficticios.

Me estaba acostumbrando a no empaparme
de una lluvia de viernes
y a no subirme al tren del renacer.

Se me había olvidado el sabor a dulzura
de una página en blanco.